Death Stranding es la primera obra de Kojima Productions tras la separación de Hideo Kojima con Konami, y es quizás el juego más singular y divisivo de la última década. No es fácil de clasificar ni de describir, pero es imposible de ignorar.
El juego está ambientado en un Estados Unidos post-apocalíptico fragmentado por el Death Stranding, un evento que conectó el mundo de los vivos con el de los muertos. La lluvia quema y envejece todo lo que toca. Criaturas de otro mundo acechan en el paisaje. Las ciudades han desaparecido. La humanidad sobrevive en búnkeres dispersos, completamente aislada.
Tú eres Sam Porter Bridges, un repartidor, y tu misión es reconectar físicamente a esa humanidad dispersa mediante una red de comunicaciones llamada Quiral. Para ello debes cruzar montañas nevadas, ríos caudalosos y valles desolados cargado con toneladas de equipamiento, gestionando el equilibrio de Sam, el peso de la carga y los recursos disponibles.
El gameplay central es caminar. Parece simple, pero la profundidad emerge de los sistemas que rodean ese acto: planificar rutas, construir infraestructuras, dejar herramientas para otros jugadores en un sistema multijugador asíncrono único donde colaboras con personas que nunca verás directamente.
La narrativa es profundamente humana. Habla del aislamiento, de la conexión, del duelo y de la necesidad de encontrar significado en el servicio a los demás. Kojima reunió a un elenco de actores extraordinario, con Norman Reedus, Mads Mikkelsen, Léa Seydoux y Guillermo del Toro.
Death Stranding no es para todo el mundo. Pero para quienes conectan con su ritmo y sus ideas, es una experiencia que perdura.